>>>Mientras la mayoría duerme tras la celebración de Año Nuevo, unas cuantas personas rompen la quietud de la ciudad al iniciar su jornada laboral entre calles vacías, canto de aves y la calma inusual del amanecer.
A.R.
MÉRIDA, YUCATÁN, 01/01/2026. —A las 05:30 horas, el sonido insistente de un despertador rompió el silencio de la madrugada. Para miles de personas en Mérida, esa alarma marca el inicio de una jornada laboral más, el momento de salir de casa y dirigirse a algún punto de la ciudad, muchas veces a bordo del transporte público.
Pero no era un día cualquiera. El calendario marcaba el primer día de enero de 2026. El planeta Tierra había completado una vuelta más alrededor del sol; la traslación había cumplido su ciclo y, con ella, el tránsito por las cuatro estaciones del año: primavera, verano, otoño e invierno.

Aunque en Yucatán la experiencia suele resumirse, con ironía, en dos constantes: calor y más calor, con contadas madrugadas en las que se cuela la heladez.

El Periférico de Mérida, una de las vialidades más transitadas de la ciudad, lucía inusualmente despejado. Apenas algunos automovilistas avanzaban rumbo al aeropuerto, despidiendo a familiares o amistades que celebraron la llegada del nuevo año en tierras yucatecas.

En el Centro Histórico, la escena era aún más silenciosa. Un puñado de personas —contadas casi con los dedos de la mano— caminaba abrigada hacia su trabajo. Sus pasos resonaban sobre las calles vacías, acompañados únicamente por el canto decidido de las aves, que parecían adueñarse de la ciudad mientras el resto dormía.

En contraste, miles de hogares permanecían en calma. Las luces apagadas, los cuerpos rendidos tras la celebración y la espera paciente del “recalentado”, que más tarde volvería a llenar de aromas las cocinas. Así amanecía Mérida: con una ciudad que, entre el sueño y la rutina, comenzaba un nuevo año mientras el mundo celebraba… y dormía.